Por Natalia Borrero Morales- Periodista

Eran casi las 10 de la mañana cuando llegamos a Tarazá. Una pequeña población en el Bajo Cauca antioqueño, también dedicada a la minería. En medio del río Tarazá, afluente del Cauca, nos esperaba Germán Darío Díaz de 42 años. Es minero desde los 18 y por años el río ha sido su único proveedor de oro. Tomamos la lancha y seguimos la corriente hasta donde están las dragas, minidragas y los dragueros, entre ellos Germán, que cuando nos identifica se sube a nuestra pequeña embarcación de madera.

 

Comienza nuestra conversación, al principio un poco tensa. No era para menos. Extraños llegaban a preguntar por una actividad que desde hace un par de años está en el ojo del huracán por el grave daño al medioambiente, pero también por la pobreza, violencia y descomposición social que ha traído a cuestas. Le pregunté, entonces, para romper el hielo que cómo iba su día. Se rió, dejó de lado su timidez y empezó a hablar sobre lo duro que se ha vuelto “la tarea de sacar el oro del río”.

 

Se refiere a las exigencias que están haciendo las entidades gubernamentales para regular la informalidad de la minería tradicional. Germán pertenece y lidera una de las asociaciones de dragueros del Bajo Cauca que ha trabajado en el proceso para formalizarse. Sin embargo, aún les falta mucho conocimiento en temas administrativos, de seguridad y medioambientales. “Ahora somos conscientes de que esto tiene impactos a la naturaleza, estamos pasando por momentos difíciles por la contaminación del río. Lo que pedimos es que nos capaciten para y que nos dejen trabajar”.

 

 

"es difícil porque nos tildan de contaminadores"

En esta zona del país, de la minería en el río viven de manera directa, alrededor de 600 personas. Y se cree que al menos cuatro más dependen económicamente de un minero. En un día de trabajo ganan mínimo 220.000 pesos. Todo depende de la ley, o sea de la pureza del oro que saquen. Pero todo no es ganancia, de ahí tienen que pagar el combustible para las lanchas que los llevan hasta donde anclan las dragas, son 100.000 pesos diarios, también la gasolina, entre otros gastos. Al final les queda entre 25.000 o 30.000 pesos.

 

Lo paradójico de estas cuentas, es que lo que menos le cuesta es lo que le sale más caro al medioambiente: el mercurio. Este enemigo se vierte sin ningún tipo de cuidado al río. Mientras unos mineros se sumergen en las aguas del Tarazá para que la mini draga aspire material, otros lo reciben y en una especie de planchón le aplican el mercurio, a la par que toman agua para hidratarse.

 

No hay un dato oficial, pero diferentes investigadores de programas que se han hecho en la región estimaban que en 2012 había casi 1.000 mini dragas en el Bajo Cauca y que cada una vertía a diario al río alrededor de 15 gramos de mercurio.

Diseño y montaje web:  César Alberto Moreno V. (Editor Web de Semana Sostenible) [01 - 12 - 2014]