Por Natalia Borrero Morales- Periodista

Colombia conmemora un año más de la Batalla del Pantano de Vargas. Es 7 de agosto, día festivo en el que muchos aprovechan para irse de ‘paseo de olla’. Los santandereanos no son la excepción, así que compartimos flota con varias familias, que, literalmente, llevan desde la gallina para el sancocho hasta el perro. Nuestro destino es California, un pequeño pueblo metido en la cordillera Oriental. Este territorio de indios chitareros lleva el mismo nombre de una de las zonas auríferas más ricas de Estados Unidos por una razón: el dorado que pinta sus entrañas.

 

Llegamos con el medio día. Un silencio casi sepulcral nos recibió. Por un momento pensamos que nos habíamos equivocado de sitio, pues si por algo se caracterizan los pueblos mineros es por el bullicio y movimiento de la gente en sus calles. ¿Dónde estaban todos: almorzando, de paseo, descansando?

 

En la alcaldía nos enteramos que desde hacía casi cinco meses hombres, mujeres y hasta niños hacían turnos las 24 horas del día para arañar la montaña y sacar el oro que sus fuerzas les permitieran cargar. Así que, este miércoles festivo, mientras unos descansaban, otros estaban al interior de la montaña.

 

Pero cómo realizaban esta actividad si, según las autoridades nacionales y departamentales, las operaciones mineras en la zona estaban suspendidas desde 2012, año en que se abrió el debate sobre su práctica en los páramos y se comenzaron a definir las 44.000 hectáreas que salvaguardarán su ecosistema.

 

Ante los ojos de cualquiera esto era un delito y los californianos lo sabían, pero también alegaban una tradición, la de galafardear o sacar a hurtadillas del territorio de un tercero el mineral. A Campo Elías Suárez los años le han tumbado los dientes, pero la memoria la tiene intacta y recuerda sus tiempos de galafardo en los ochenta. “Cuando nos enterábamos de que en la mina de alguna familia había bonanza íbamos en la noche y rasguñábamos un poquito; los dueños sabían pero nunca hubo problema”, recuerda.

 

 

la discusión sigue concentrada en la tan esperada línea qué delimitará el Páramo.

De mineros a empleados

 

La época del ‘galafardeo respetuoso’ ya es historia. Lo que California vivió hasta mediados de agosto de este año, momento en que las autoridades locales mandaron cerrar las bocaminas, fue un desorden social. Movidos por la falta de empleo y la fiebre del oro miles de personas de municipios como Suratá, Matanza y Charta, se agolparon en California y a la brava se metieron, sin ningún tipo de seguridad, a las minas otorgadas a las multinacionales.

 

En esta región se hace minería desde la época precolombina. Siglos de explotación artesanal que se interrumpieron en los años noventa con la llegada de las multinacionales. Pequeños mineros vendieron suelo y subsuelo a la Greystar Resources (hoy Eco Oro), y en poco tiempo pasaron de ser dueños a empleados. Contagiados por la fiebre del oro, agricultores y comerciantes se volcaron a la montaña y se sumaron a la nómina de las empresas. El territorio comenzaba a transformarse, al igual que la cultura y las costumbres de los californianos.

 

En 20 años dejaron de pasar por las calles empedradas del pueblo mulas, caballos y pequeños automóviles. Ahora, son camionetas 4x4 y motocicletas las que recorren sus lomas. Y los avances no están mal, como dice su alcalde Víctor Arias, “Bienvenido el desarrollo, pero ¿es esto desarrollo, y a qué costo?”.

 

La economía de California comenzó a depender en 80 por ciento de la actividad minera y la agricultura pasó al último renglón. Como afirma Arias: “El agro no es la principal vocación de esta región; hoy no se cultiva ni siquiera lo que los 1.800 habitantes consumen. Todo tiene que llevarse desde Bucaramanga y otras zonas”.

 

“El agua es muy importante, pero la problemática social también. No se puede garantizar un desarrollo sostenible si se rompe abruptamente con la identidad de las regiones; si en el afán de obtener ganancias económicas se pone en peligro la seguridad alimentaria y la tranquilidad de un lugar”, continúa argumentando Arias.

 

 

¿Agua u oro?

Han pasado casi tres años desde que MinAmbiente prometió que iba a delimitar el área que protegerá 26 lagunas y 293 especies de flora y fauna, y, en general, a este ecosistema estratégico que provee de agua a más de 2,5 millones de personas en los dos Santanderes. A la fecha, no hay límites y las autoridades se siguen lanzando la pelota unos con otros.

 

Habían pasado casi dos días desde que estábamos en la zona, y cuando se acercaba el momento de partir nos encontramos con Ludwing Vélez, un compravendista de oro. Estaba en California, como todas las semanas, llevándose los 200 o 300 gramos habituales. La cadena de irregularidades continúa. Este hombre, que no superaba los 1,60 metros de estatura, pagaba por gramo entre 60.000 y 62.000 pesos. Y luego lo vendía, según él, al Banco de la República a 72.000 o 73.000 pesos, un precio que variaba de acuerdo al valor internacional.

 

Nos surgieron muchas más dudas, pues cómo era posible que le vendiera al Emisor un oro ilegal. De su carriel negro de cuero terciado sobre su hombro izquierdo sacó la respuesta, como si fuera tan solo un billete más de su fajo. Su compra venta estaba registrada ante la Cámara de Comercio y contaba con certificados de compras en minas legales en diferentes partes del país. Es decir, lo que se llevaba de las entrañas santandereanas lo venía como mineral de otro lugar de Colombia. Lo que también explica la fuga de regalías, no solo en esta zona, sino en regiones de gran riqueza como el Chocó.

 

Pese a todo esto, a nivel nacional la discusión sigue concentrada en la tan esperada línea de Páramo. Mientras tanto, en California, semana tras semana, se llevan a cabo unas mesas de concertación entre los mineros, gobierno local y diferentes organizaciones y entidades. Todos buscan recuperar la unidad de California y su desarrollo integral, recuperar la minería tradicional de forma legal y encontrar otras actividades económicas como el agro y el turismo.

 

Diseño y montaje web:  César Alberto Moreno V. (Editor Web de Semana Sostenible) [01 - 12 - 2014]